Comprender la fe cristiana ¿qué significa ser católico?

En está ocasión tengo la fortuna de hablar de la fe cristiana como católico y desde mi propia experiencia. A diferencia de otros blog post que pueden encontrar dentro del compendio de conocimientos en KLT Consultores, está vez, quiero compartir mi fe y la manera en que percibo el amor de Dios en este breve escrito con ustedes. Espero de todo corazón que lo disfruten.

Creer en el Dios de Jesucristo

Jesús, señor y salvador de los hombres, nos deja conocer al Padre de una manera única. No solo nos habla de lo que el Padre hace, sino que hace la voluntad del mismo. Nos enseña a través del amor a perdonar y a incluir, desafía los estatus para implantar un nuevo orden de amor.

No violenta la injusticia, la sana con su propia sangre. No pide para los demás, se da así mismo con ternura a los demás. En ningún momento da de forma desmedida y tampoco sin retribuciones, por ello contestaba amorosa y firmemente: tu fe te ha salvado.

Así creer en el Dios de Jesucristo es creer en un Dios que ama a toda la creación y particularmente a sus hijos. Ser hermano en Cristo es ser hijo de Dios, adoptado por Él y para Él. Dios no mira en el corazón de los hombres el pecado, sino el arrepentimiento y afirma que donde abunda el pecado sobre abunda la gracia.

Recordar que el hombre es imagen de Dios y nuestro modelo es Jesucristo

Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza. Estás palabras que parecen ser un acto de la imaginación realmente son el acto más grande de amor. Un hijo, se hace a imagen y semejanza de sus padres, mama los valores y crece con las ideas de la familia. Dios nos regala su palabra y se nos regala así mismo a través de Jesús para que podamos seguir su camino.

Al igual que nuestros hijos no son nuestros esclavos, nosotros tampoco somos los de Dios. Nos ha regalado la libertad para elegirlo o alejarse, así cada quien vive y ama al Padre desde su propia percepción. El Padre pone la mesa, como ustedes lo harían por sus hijos, esperando que estos lleguen gustosos al banquete.

Celebrar que los seres humanos deseamos y podemos conocer a Dios

Desde niños existe en todos los seres humanos un deseo de conocer la realidad, de atraerla y comprenderla. En muchas ocasiones esa realidad es dolorosa y en otras tantas placentera. Aún con ello, en la vida de todo hombre se presentan dos preguntas básicas de la vida de los hijos de Dios, los animales no se las hacen por ejemplo: ¿quién soy? Y ¿qué hago aquí?

En el fondo de estás preguntas sabemos que hay algo más grande que nosotros, algunos se niegan al amor del Padre y prefieren las explicaciones básicas. Como mirar el televisor y ver los programas sin hacer preguntas ¿de dónde llega esa señal?, ¿quién la manda?, ¿cómo es posible poder transferir esa información?. Estás preguntas aplican para la naturaleza, ¿cómo es posible que tanta belleza se obra de la coincidencia?

El regalo más grande que Dios nos da es el poder conocerlo, a través de su hijo Jesús. Nadie conoce a Dios sino es por Él, aún que esto suena radical esconde toda la razón del mundo cuando se sigue su camino y se vive según a su doctrina. Este es el camino de la fe cristiana.

Acoger con humildad que nuestro hablar de Dios es siempre aproximado e incompleto

Cuando hablamos de lo que es Dios también hablamos de lo que no es. Cuando decimos el Padre es amor puro, también decimos: “el Padre no es el miedo”. Cuando decimos el Padre es paz, también decimos “el Padre puede curar tu sufrimiento”.

No podemos hablar de un Dios que apenas alcanzamos a conocer a través de nuestra limitada percepción. El conjunto de pensamientos, sentimientos y dolencias no pueden englobar ni próximamente la experiencia de Dios completa. Aún así nos es posible sentirlo y conocerle y por breves instantes saber que está ahí, eterno y en todos los tiempos y en todos los contextos.

Abordar a Dios desde el sufrimiento de los oprimidos, una visión de la fe cristiana

Imaginemos a Jesús en una cena elegante, con las personas importantes del templo. De repente aparece una prostituta, desvergonzada y de vida disoluta, llorando arrepentida cae a los pies del Padre. ¡Jesús hijo de David, ten compasión de mí!, el corazón de esta mujer ya no le pertenece, ahora pertenece a Dios. Su vida ya no es la que era, ahora ha renacido en el amor. Por eso el que pierda su vida la ganará.

Esas son las invitaciones de Jesús. No son simples fantasías de la fe cristiana, el arrepentimiento de un adicto, el entendimiento del amor de Dios y la puesta en práctica de la manera de vivir del hijo del hombre: lograrán en este hombre un cambio para siempre. Como Lazaro, “muerto era y ha resucitado”, así nosotros podemos renacer en la gracia De Dios y vivir con paz, plenitud y armonía un camino al lado de nuestro maestro. Este maestro es la roca, es la fuente y es el agua que nos da la vida eterna: gratuitamente y en abundancia.

Ahí donde hay dolor, el amor De Dios lleva consuelo, por eso Dios es un Dios de oprimidos. Ahí donde las leyes excluyen, Jesús perdona y dice “vuélvete al camino” y los corazones se abren al amor, así se conoce al Dios de los oprimidos.

Deseo de todo corazón que Jesús nuestro señor se revele a sus corazones.

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