La consciencia moral, del encuentro con el yo al encuentro del otro

Es normal durante la etapa de la infancia que el ser humano actúe con plena libertad. No existen para entonces remordimientos del pasado y las proyecciones del futuro tienden a ser con alegría, con convicción de que pasarán cosas buenas. Esto claro la mayoría de las veces, existirán situaciones, por otro lado, de infancias tormentosas en donde también el niño puede recomponerse fácilmente con amor.

Más allá de estas primeras etapas llega el momento en que el individuo se hace consciente que las acciones tienen un límite. Aquí es donde nace el mensaje principal de la moral: “no traspases la barrera de lo adminsible“.

La línea comúnmente aceptada en la construcción de la consciencia moral

Existe una línea con la que todos están dispuestos a convivir. Una verdad de la consciencia moral que pareciera más biológica que psicológica. “No se puede hacer lo que voluntariamente daña a los demás”. En palabras de Juárez “el respeto al derecho ajeno es la paz“. [1]

De aquí se puede desprender la tan ya conocida regla de oro de la moral. “Trata a los demás como te gustaría ser tratado”, hay un peligro inherente en está frase, por ejemplo de aquellos que son masoquistas seguro van a querer ser tratados con dolor. Es de esta conclusión que el padre Ignacio Larrañaga se atreve a afirmar “solo los amorosos aman”.

El ser y el ser realmente humano

El hombre (como especie) es en esencia egoísta, vela por sus intereses y tiene luchas interminables en contra de su propio sufrimiento. Cuándo se abandona el yo para salir al encuentro del otro nace la consciencia de la co-existencia. Es posible mirar el dolor ajeno, más allá del propio.

El entender que el hombre discurre como ser social determina la necesidad de respetar al otro. Es por ello que la consciencia moral es lo que convierte al hombre en verdaderamente humano. El hombre no actúa solo dentro de los límites de lo natural, le sería imposible por sí mismo conquistar a la naturaleza.

Las grandes personas de la humanidad

Se puede decir que la mayoría de la población en algún momento hace una afirmación como “él o ella es una gran persona”. Está afirmación es la invitación que lleva a reflexionar sobre los valores que componen a la persona a la que se le han atribuido dichos calificativos.

“Una gran persona” ¿qué se podría decir que significa esto?, normalmente esta afirmación se realiza desde la conciencia moral. Se afirma que esta consciencia está determinada por una escala de valores. Esta escala de valores puede ser o no compartida por un grupo social.

¿Por qué se habla tanto de la moral?, ¿por qué siquiera importa ser una gran persona? Lo heroico es el impulso hacía lo bueno. El sacrificio, en ocasiones, de los propios placeres para denotar el bien en otro. Demanda prudencia y cualidad para actuar con rectitud. Por ello la recompensa se da en la satisfacción interior de sentir la felicidad de los demás.

Descubrir la vocación más propia es entrar y salir del sí mismo

El mundo de las metas se sueña como especie en cosas grandes. Desde el nacimiento los padres preguntan a lo niños, ¿qué te gustaría ser de grande?, los niños responden desde la inocencia. No obstante al crecer hay variables que entran en juego como el dinero, los deseos propios y sociales. ¿Quién quiere ser ese niño?, ¿quién debería ser ese niño?, estas son las preguntas que circundan los sueños de los adultos.

El mundo impone grandes sueños y grandes limitaciones para el logro de los mismos. Gran parte de ellos se quedan a la mitad o inconclusos, muchos en el abandono y la renuncia. ¿Cómo puede el hombre en su pequeñez superar está condición tan limitada?, solo a través de la consciencia moral es posible lograrlo. Es en dicha consciencia donde se construye una existencia autentica vivída desde los principios propios. Se ponen al mismo tiempo en duda los heredados por la sociedad y la familia.

La consciencia moral es, principalmente, la búsqueda y realización interna de valores determinados por la aceptación y convicción de lo que debería ser la propia existencia. Cada quien acepta o rechaza los valores, construyendo una escala que sirve de guía en el andar de la propia vida.

El indicador de como vivir los valores es la gratificación de los sentidos, al principio superficiales. Después profundos y misericordiosos, en el entendimiento de un bien mayor que es superior al bien inmediato, de aquí nace la consciencia trascendente. Se constituye una consciencia moral de tres niveles:

  1. Valores personales
  2. Los valores generados desde la cultura
  3. La visión de los valores trascendentales, el devenir de la propia existencia

Los valores se arraigan en el ser de tal modo que a pesar de que la modernización invita al cambio de estos, se reflexiona en lo que debe ser mantenido y lo que no. El ser, la persona, entiende su rol dentro de la existencia humana y la vida con tranquilidad. Se abandona a lo infinito de la existencia del cosmos (Dios).

Modernidad y tradicionalismo en la consciencia moral

Las sociedades tradicionales anteponen, en todo momento, como la cuna de los valores a la familia. Así todo aquello que atenta contra esta gran institución (la familia) es inmediatamente rechazado. Esto les ha ganado el titulo de tradicionalistas a aquellas personas que practican dicho rechazo.

¿Implica esto que la modernidad atenta en contra de la familia?, no necesariamente. La modernidad a lo largo de la historia viene apuntando a un individualismo que lleva a la secularización[2].

En las sociedades modernas predomina el acceso al bienestar interpretado como un logro individual. En gran parte la filosofía del capitalismo apunta a que se pueden obtener los vienes por méritos propios, inclusive a costa de la pobreza social.

El verdadero problema de los valores individuales es que dan pie a querer siempre más recurso en lugar de más significado. Se cambia el ser por el tener. Qué complicado contestar desde una existencia espiritual o biológica a la pregunta ¿quién eres?, se vive con la costumbre material. “Soy abogado”, “soy doctora” responderán algunos con orgullo, títulos otorgados por el mundo para el mundo. Más allá de todo esto sigue estando en pie la incógnita: ¿quién eres?, la consciencia moral tiene una idea, no totalmente explicable, de la respuesta.

Los valores superiores dan sentido a la consciencia moral

Es difícil en la vida de todas las personas establecer qué es mejor. En la mayoría de los casos se encuentra la gente con disyuntivas si debería hacer una cosa o la otra. Por ejemplo que una persona se ponga en forma y esté practicando en el gimnasio todo el día es un valor de deporte. ¿Es bueno o es malo?, difícil determinar, lo que si se puede saber es que es un valor individual.

Si esta misma persona que está en el gimnasio se vuelve bombero y ahora utiliza toda esa capacidad física para salvar la vida de las personas. Esto es un valor superior y los valores superiores ya no entran en lo relativo. Son buenos en sí mismos.

Lo que decide entonces si una acción da bienestar o no es una acción dirigida, una intención por un valor superior. Justo lo que se comentaba anteriormente, cuando la persona sale al encuentro del otro y pone sus talentos al servicio de los demás. Ahí se encuentra una acción dirigida a un valor superior.

La consciencia moral se decanta por lo bueno, la pregunta es ¿qué es lo bueno?

Lo bueno se ha definido de muchas maneras, en general puede decirse que es aquello que es deseable y posible de universalizar

Gallardo, 2001

Para entender lo bueno normalmente se recurre a diversos ordenes de la vida, por ejemplo el éxito. ¿Qué significa el éxito?, sin duda tiene varias dimensiones explicativas: desde las creencias propias, hasta las impuestas por la sociedad o las religiosas o espirituales.

Es muy peligroso afirmar que lo bueno es lo que quiere la mayoría. Bajo el ejemplo de una sociedad en la que todos quieren suicidarse, meno un personaje; ¿El qué no se quiere suicidar es el malo? Hay una lupa de riesgo en está concepción de lo bueno.

Por ello para llegar a lo bueno es importante discernir sobre la justa medida, se llama justo a aquello que preserva la felicidad [3]. Volvemos al mismo riesgo del concepto de la felicidad, por ello el valor máximo, incluido en los derecho humano, es el derecho a la vida.

El discernimiento consiste en encontrar la voz del Espíritu de Dios, que nos habla en los detalles corrientes y prácticos de nuestras vidas.[4] Parece de entrada una tarea fuerte encontrar la voz del espíritu de Dios, lo más complicado es aceptar qué hay un bien superior. Romper con la relación relativista de “nada es verdad nada es mentira”, claro que se actúa desde intenciones de bondad y de maleficencia. Hacia un bien superior o hacia el propio servicio de servirse de los demás.

La moral funcionalista aplica cuando a pesar de saber que se está actuando mal, se justifica con “es lo que hacen todos”. Un resumen excepcional de lo ya comentado.

“Quien comete injusticia es más infeliz que el que la recibe”.

Demócrito

La consciencia moral, la voz interior o el Espíritu Santo. Son aquellos que nos llaman a identificar que algo puede ser mejor en las personas que viven y experimentan los acontecimientos. Un acto de maldad, un acto egoísta, un acto desesperado. Cuando se presencializa invita de manera inequívoca a cambiar, es el propio ser el que decide el rumbo que tomará desde el despertar de la consciencia.

Ser bueno es una decisión que consiste no hacer lo mejor para sí mismo. Sino como dice Ignacio de Loyola, convertirse en la mejor versión para ayudar desde lo mejor de sí, a los demás. Por lo tanto cabe señalar que la consciencia moral no se le es dada a la humanidad, se construye y se practica. No basta con querer ser bueno, hay que ser bueno. No bastan las buenas intenciones hay que practicar el bien.


[1] https://es.m.wikipedia.org/wiki/El_respeto_al_derecho_ajeno_es_la_paz

[2] https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/8/3864/2.pdf

[3] https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4785290.pdf

[4] https://www.jesuits.global/es/espiritualidad/discernimiento/#

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