La existencia del mal y el permiso de Dios ante la moral del daño

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Escrito por Farid Krayem Ph.D.
Doctor en planeación estratégica. Creador del modelo MLH para hacer management de empresas con variables espirituales.

¿Por qué Dios permite la existencia del mal?. San Agustín, destacado teólogo católico, basa gran parte de su aportación filosófica en una pregunta fundamental: ¿por qué Dios permite el mal? Esta interrogante merece profunda reflexión, considerando que si Dios es bueno, creador de todo y omnipotente, ¿cómo se explica la existencia del mal?

Los maniqueos no enfrentaban este dilema, pues, al igual que en muchos otros mitos religiosos, postulaban dos fuerzas equilibradas, ninguna superior a la otra. Este concepto, similar al yin y el yang, sugiere que Dios representa el lado del bien, pero no es lo suficientemente poderoso para derrotar al mal, y viceversa.

Este dualismo se repite en mitos de diversas culturas, como la egipcia y la griega. Para estas tradiciones, la búsqueda del equilibrio entre el bien y el mal constituye la salida espiritual óptima. Sin embargo, en el contexto de la cultura católica, la pregunta persiste: ¿por qué un Dios bueno, amoroso y omnipotente permite el mal?

La libertad y el pecado (la existencia del mal no puede ser negada)

Al analizar el pecado original, la decisión de Eva de comer la manzana representa un acto de liberación. En un sentido amplio, simboliza el ejercicio de la libertad. Dios no crea marionetas con conciencia limitada; por el contrario, ser creados a semejanza de Dios implica ser creadores.

Ser un creador, a su vez creado por Dios, supone tener libertad para la creación. De aquí que los dones puedan usarse para el bienestar común, el bienestar propio o para el mal. Las preguntas cruciales que surgen son: ¿qué significa hacer el bien? y, en contraposición, ¿qué significa hacer el mal?

Immanuel Kant abordó estas cuestiones de manera similar a San Agustín. Se preguntó: ¿cómo hacemos el bien y nos alejamos del mal? Así es como propone el imperativo categórico, un concepto que combina lo que se debe hacer (imperativo) con lo que nos implica a todos (categórico).

Jesús como maestro del bien

El concepto del bien tiene múltiples facetas que varían según los contextos históricos, morales y éticos de los pueblos. En términos católicos, el bien es eclesiológico, lo que significa que evoluciona con el tiempo y los contextos en los que se interpretan las enseñanzas de Jesús.

La Iglesia ha transitado desde prácticas cuestionables, como la persecución y ejecución de personas por diversos motivos, hasta una comprensión más profunda del verdadero sentido de las enseñanzas de Jesús. Este camino ha sido complejo, con ejemplos contrastantes como la Inquisición y figuras como San Francisco de Asís, dedicado al servicio de los pobres.

El desafío radica en no caer en la tentación de la crítica simplista. Los católicos buscan el bien (o al menos así lo afirman), pero es común que las personas se juzguen entre sí por las faltas que observan. El verdadero reto es buscar el imperativo categórico en la pregunta: ¿vale la pena seguir a Jesús? La respuesta a esta pregunta es fundamental, y el mismo Cristo la plantea a sus seguidores: “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” Ellos dijeron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que es Elías; y otros, que es Jeremías o alguno de los profetas.” Él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro respondió: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!” – Mateo 16:13-17

En esta cita de Mateo, podemos observar cómo Cristo guía a sus discípulos hacia la búsqueda del imperativo categórico. No se trata de seguir a Jesús por moda o por las concepciones de otros, sino de descubrir las propias motivaciones y convicciones.

Una vez establecidas las convicciones de que Jesús es el camino, es posible seguir sus enseñanzas y tratar de seárarse del camino de la tentación en la existencia del mal. La máxima de sus peticiones en cuanto a hacer el bien se encuentra en Mateo 9:13:

Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.

Es importante destacar que todos tenemos la oportunidad de ser buenos y estamos llamados al bien. Si alguien se ha apartado del camino del bien, por los motivos que fueren, Jesús los llama al arrepentimiento.

El arrepentimiento como camino de bienestar

Antes de abordar el sentido que Jesús da al arrepentimiento, es importante entender el concepto de Eudaimonia introducido por Aristóteles. Esta palabra se refiere al acto de “florecer”, lo que implica crecer, nutrirse y desarrollarse a través del cuidado, o en términos contemporáneos, el autocuidado.

Aristóteles creía que el verdadero bienestar se alcanza cuando una persona desarrolla y utiliza sus capacidades y talentos de la mejor manera posible. Promovía practicar la virtud a través de encontrar el justo medio; por ejemplo, la virtud de la prudencia estaría entre la osadía y la cobardía.

Cuando se pierde la virtud y el balance se desajusta, se puede afirmar que se vive en pecado. Jesús tenía un concepto particular del pecado, que se refleja en su propuesta de solo dos mandamientos, que invitan a dirigir todos nuestros actos e intenciones hacia el amor.

Vivir de forma desequilibrada es vivir fuera de la gracia de Dios. A veces, ese desequilibrio es tal que se corre el riesgo de pensar que ya no es posible volver. Los ejemplos son numerosos: comer en exceso, ver demasiada televisión, fumar demasiado, consumir alcohol en exceso. Este desequilibrio puede manifestarse incluso en ir mucho a la iglesia pero ayudar poco al prójimo.

¿Qué significa arrepentirse?

Solemos escuchar la frase “vivir arrepentidos”, pero si adoptamos esta perspectiva, nos alejamos de lo que Jesús quiere. A través del arrepentimiento, Jesús busca que recobremos el equilibrio. Entendamos primero qué significa etimológicamente arrepentimiento:

  1. Prefijo “a-“: Significa “hacia” o “acción de acercarse a”.
  2. Raíz “re-“: Indica repetición o vuelta atrás.
  3. “Paenitere”: Verbo latino que significa “penar” o “sentir pesar”.

Arrepentimiento, entonces, se interpreta como “volver a sentir pesar”. De aquí las palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24). Es crucial remarcar que al final del camino de la cruz encontramos la resurrección, por lo que nuestra esperanza es la alegría y el bienestar.

Jesús, por tanto, no hace una invitación masoquista ni sádica a través del arrepentimiento. Su invitación es regresar a la gracia de Dios, volver a vivir en balance, lo que nos permitirá florecer en la vida.

La responsabilidad de la libertad humana

Somos creadores creados por el Creador, hechos a imagen y semejanza de Dios. Si limitáramos la libertad creativa, no habría libertad en ningún sentido; seríamos marionetas de Dios. Imaginemos por un momento: si no hubiera forma alguna de hacer cosas malas, ¿qué responsabilidad tendríamos como humanos?

Si bien es cierto que tenemos libertad, esta implica una responsabilidad inherente a ser hechos a semejanza del Padre. Él, en su sabiduría, sabe dar amor y al mismo tiempo nos enseña, mientras que nosotros vamos por el camino como niños aprendiendo.

Estar en el mundo sin ser del mundo (Superar la existencia del mal asumiéndola)

Lingüísticamente, “ser” y “estar” son dos posturas diferentes de la existencia. Se puede “estar” con alguien y no “ser” de alguien; esto aplica en el campo del amor romántico: se puede estar casado y estar enamorado de otra persona. Por otro lado, se puede “ser” de un lugar y no “estar” en ese lugar, como ocurre con los emigrantes.

Ante estas posturas, Jesús nos propone estar en el mundo, dado que este es nuestro contexto, pero no ser del mundo. ¿A qué se refiere Jesús con esto? Como ya he mencionado, el mal es un desequilibrio, una pérdida de la virtud que podríamos entender como “los vicios”.

El mundo propone una imagen de éxito desequilibrada a través de valores materiales: dinero, fama, viajes, estatus. Difícilmente veremos en Forbes o en cualquier revista que reconozca a las personas más “importantes” del mundo por ayudar a los pobres o por asistir al enfermo. ¿No deberían ser estos nuestros ideales máximos? La realidad es que el mundo tiene una propuesta de control y de segmentación.

Mientras que San Agustín nos hace la propuesta de ser personas, lo que significa tener una individualidad mirada bajo la gracia de Dios pero al mismo tiempo con la dignidad de ser criatura amada del Padre, el mundo quiere que pertenezcamos a un segmento, a una corriente literaria, a una ideología. El Papa Francisco tiene una expresión maravillosa para esto; dice: “Debemos dejar de hablarnos desde los calificativos y comenzar a hablarnos desde los sustantivos”.

El mal es, en gran perspectiva, provocado por un deseo desenfrenado. La ausencia del bien es, al mismo tiempo, la falta del compromiso con la responsabilidad humana de su libertad: hacer el bien.

Hacer el bien aún sobre la existencia del mal

Finalmente, para combatir el mal es necesario hacer el bien. Como ya expliqué, los conceptos de bien y mal son antropológicos, lo que quiere decir que se deben contextualizar desde la cultura y el momento en el que se buscan. Para salir de la línea del relativismo, propongo reflexionar:

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? – Mateo 7:15-16

Una profunda reflexión sobre estas palabras de Jesús nos puede encaminar a encontrar un verdadero bien más allá de la existencia del mal: por sus frutos los conoceréis. La pregunta es: ¿esto es bueno para mí? Si la respuesta es afirmativa, entonces adelante. Pero también debemos preguntarnos: ¿esto es bueno para los demás? Si también lo es, excelente. Esta es la vía rápida para encontrar el imperativo categórico: amar a Dios y servir a Dios tiene como consecuencia un bienestar común, es para todos.

Finalmente, el bien en su máxima expresión lo podemos encontrar en palabras de San Ignacio de Loyola; su valor Magis nos invita a ser lo mejor que podamos llegar a ser, para desde ahí servir a los demás. En palabras de Jesús, esto sería multiplicar los dones que Dios nos ha dado y usarlos con amor al servicio de los hermanos.

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